En movimiento

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Cuando llega de visita la desgracia enfrentarte a ella no es una tarea sencilla. La adversidad, por más mínima o imponente que se presente, tiene el poder para revolver y desatar lo inconcebible. Es un trago amargo y a nadie apetece. A veces la adversidad llega cuando la provocamos por error o descuido, pero en otras ocasiones se planta descaradamente en el camino sin invitación. Al tener que enfrentarte a ella, quizá valdría la pena preguntar, “¿Cuál es nuestra respuesta”? 

Entonces, ¿cómo podríamos responder a la negatividad que atrae la adversidad?

A veces la Biblia nos ofrece consejos; otras veces, nos ofrece una historia, una invitación abierta que nos invita a considerar nuestras circunstancias a través de una nueva perspectiva. Hoy te ofrezco eso: una historia. De esta historia famosa te propongo que fuimos creados para una vida “en movimiento”: en movimiento con otros, en movimiento con propósito y en movimiento hacia el corazón de un Creador que nos ama. 

En movimiento con otros

¿La historia? Se trata de dos mujeres que enfrentaron una adversidad inimaginable.

Sucede que había una familia de la ciudad antigua de Belén: sus nombres eran Elimelec y Noemí, y tenían dos hijos, Mahlón y Quelión. Elimelec encontró refugio en los campos de Moab a causa del hambre y escasez que hubo en su tierra natal. Al final murió Elimelec, seguido por sus dos hijos que habían tomado por mujeres a dos moabitas, Orfa y Rut. En un giro brusco, Noemí pierde a su esposo y sus dos hijos, y se encuentra viuda, sin hijos y con dos nueras extranjeras a su lado. 

Ante alternativas desalentadoras y estrechas, Noemí decide regresar a Belén e intenta persuadir a Orfa y Rut que permanezcan en Moab. Ella sabe que ambas tendrían mejores oportunidades de volver a encontrar esposos en su tierra natal. Al final Orfa decide quedarse en Moab pero Rut exclama, “No insistas que te deje o que deje de seguirte; porque adonde tú vayas, iré yo, y donde tú mores, moraré. Tu pueblo será mi pueblo, y tu Dios mi Dios. Donde tú mueras, allí moriré, y allí seré sepultada. Así haga el Señor conmigo, y aún peor, si algo, excepto la muerte, nos separa” (Rut 1:16-17).  Esta declaración sería la primera entre otras que desencadenaría la intervención de Dios porque la vida de Rut tomaría un giro radical. Con nada más que decir, ambas emprenden el viaje a Belén. 

Rápidamente logramos comprender que Noemí es la persona menos indicada para enfrentar la desgracia que llega a su vida y en su vejez. ¿Y cómo no se iba a lamentar? Su lamento parece tener validez. De acuerdo a las leyes de redención de propiedades en el libro de Levítico, los hombres judíos preservaban la herencia de la familia cuando el pariente masculino más cercano ‘redimía’ el patrimonio de la familia y el nombre del difunto. Esta ley también protegía a la mujeres, un grupo que se consideraba vulnerable. Sin embargo, Noemí ya es una anciana que no tenía la opción de volver a casarse y tampoco aparecía un redentor para Rut. 

Noemí toma una dosis de lamento alargada, regodeando en la desdicha de su nueva realidad porque ella piensa que Dios la ha afligido. Esa tentación a la que cede es la tentación que en algún momento muchos hemos enfrentado en nuestras propias vidas. Gracias a la valentía que crecía en Rut, sin embargo, veremos como el lamento de Noemí tenía fecha de caducidad. Rut encuentra la manera de vencer esta tentación aferrándose a la esperanza que de alguna manera todo se solucionaría y esta actitud es la que da paso al desenlace que Noemí no es capaz de concebir en medio de su dolor.

¿Podría proponerte que tu destino en esta vida no se encuentra viviendo aislada?

No te pertenece andar solo por el mundo y la historia de Rut toma sentido en la unidad que establece con Noemí. La fuerza está en la unidad que nos brinda el caminar con nuestras familias, nuestras amistades y especialmente en una comunidad espiritual. Al rescate de Noemí, la actitud de Rut desata los eventos por venir y le quita el papel de protagonista a la adversidad, floreciendo desde la humildad, el desapego a su pasado y una entrega a las manos del Dios de Israel.

En movimiento con propósito

La Biblia dice que Noemí se da cuenta que en su tierra vive un posible redentor llamado Booz. Un día, Rut le pide a Noemí salir al campo a buscar trabajo recogiendo espigas de cebada “en pos de aquel a cuyos ojos halle gracia” (Rut 2:2).  Y acontece que llega al campo de Booz, un hombre de negocio con mucho poder y temeroso de Dios. Su trato hacia Rut revela que es un hombre virtuoso ya que concede la petición de Rut al punto de cuidar que se quede también con sus criadas (para prevenir el acoso). Este trato fue establecido por Dios para el cuidado de los más pobres y vulnerables de la sociedad y Booz lo demuestra.

Conmovida por la conducta de Booz, Ruth se postra ante él diciendo, “¿Por qué he hallado gracia ante tus ojos para que te fijes en mí, siendo yo extranjera?” Booz contesta que sabe de su fidelidad y amor hacia Noemí, de cómo dejó a sus padres y su tierra para llegar a un pueblo desconocido y la bendice. La desgracia hace de Rut una viuda e inmigrante llena de energía, emprendedora y aferrada a una fe que continúa atrayendo el favor de Dios.

A estas alturas Noemí sabe que Rut es fiel y que la ama. Esto la impulsa a buscar un redentor para Rut. Vestida para la ocasión, Rut sigue las instrucciones de su suegra al pie de la letra y se encuentra en una medianoche acostada ante los pies de Booz. Al sentir alguien él pregunta, “¿Quién eres? Y ella respondió: Soy Rut, tu sierva. Extiende, pues, tu manto sobre tu sierva, por cuanto eres pariente cercano. Entonces él dijo: Bendita seas del Señor, hija mía. Has hecho tu última bondad mejor que la primera, al no ir en pos de los jóvenes, ya sean pobres o ricos. Ahora hija mía, no temas. Haré por ti todo lo que me pidas, pues todo mi pueblo en la ciudad sabe que eres una mujer virtuosa” (Rut 3:9-11). 

Después de un trato legal con un “redentor” más cercano que Booz identifica, no quedan impedimentos para que él tome a Rut finalmente como esposa. La fe de Rut en una nación desconocida y en un Dios ajeno se desenlaza en el final menos esperado. Los ancianos que reconocen el matrimonio de Booz y Rut declaran, “¡Que el Señor haga que la mujer que va a formar parte de tu hogar sea como Raquel y Lea, quienes juntas edificaron el pueblo de Israel!….¡Que por medio de esta joven el Señor te conceda una descendencia tal que tu familia sea como la de Fares, el hijo que Tamar le dio a Judá!” (Rut 4:11-12).  

¿Quién fue Fares?  En Génesis 29 había una mujer llamada Lea, cuyo carácter se puede comparar con el carácter de Rut. Lea engendró a Judá, quien engendró a Fares, quien da paso a Booz. Tres generaciones después Booz da paso al rey David y muchos años después, David da paso a Jesús. En otras palabras, ¡Dios escoge una mujer extranjera como la predecesora de Jesús! Rut se encontró en movimiento con propósito aunque no podía imaginar el alcance de sus decisiones en el futuro. ¡Nuestra verdad alentadora es que tampoco podemos imaginar el alcance de nuestras decisiones en nuestro futuro!

En movimiento hacia el corazón de Dios

Pensando en el Día del Padre, pienso en mi niñez. De pequeña me encantaba acostarme sobre el pecho de mi papá mientras él veía interminables juegos de fútbol por la televisión. No me importaba el fútbol en sí, pero me gustaba pegar el oído a su pecho. Sentía cada latido, cada timbre rotundo de su voz y me sentía lo más cercana a él acostada fijamente sobre él. Esta conexión se fortaleció con los años y serviría en un momento crítico años después. 

A un mes de haber terminado mis estudios en la universidad, tuve un accidente que introdujo años de rehabilitación y recuperación. En esas primeras horas críticas, yo me hospedaba en una casa esperando que llegaran mis padres por carretera. Mientras permanecía restringida en una cama, sabía que mi padre me buscaba con una concentración feroz. Cuando finalmente llegó, se acercó, como lo recuerdo desde niña, con una delicadez que yo necesitaba desesperadamente y que sin mencionar, los dos podíamos reconocer. Cuando lo vi entrar tras subir las escaleras, y sabía que me llevaría al coche y a casa, sentí un alivio ilimitado recorrer todo mi cuerpo. Y me desparramé en sus brazos. Ante mi intento agobiante de mantener la calma durante las previas 48 horas de desconcierto, yo contaba los segundos en que llegaría la presencia protectiva de mi padre. En menos de cinco minutos encontró la manera de subirme al coche sin lastimarme en lo más mínimo. Nunca dudé que pudiera anticipar lo que necesita en ese momento y en otros que han llegado a mi vida. Después de todo, él es mi papá.

Este hombre maravilloso ama al Señor y en esa conexión tan segura he llegado a conocer personalmente el corazón de un Dios protector en cada situación que me ha plantado la vida. No sé si te ha tocado disfrutar de la presencia de un papá como el mío, aunque espero que sí. Tampoco sé si alguna figura en tu vida te ha dejado desilusionado o peor, herido. Pero sé que una vida en movimiento hacia el corazón de Dios nunca te fallará. La vida de Rut lo sigue pronunciando. Dios te ve, y siempre te verá, como la niña de sus ojos, como vio a Rut, como Don Quijote vio a Dulcinea: como un hijo y una hija que rescató por medio de su hijo Jesús. “Mirad cuán gran amor nos ha otorgado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios; y eso somos” (1 Juan 3:1).  Fuiste diseñado para emprender el viaje más significativo de tu vida al lado de un gran Creador que te adora. Te invito a emprender este viaje, a vivir una vida continuamente en movimiento hacia el corazón de Dios.

La recuperación de Noemí y Rut fue finalmente realizada gracias a las decisiones que ambas tomaron y en su fe en Dios, aunque esta fe en ocasiones fue imperfecta y débil. La fe a la que se aferró Rut fue puesta en un Dios quien diseñaba la redención de la casa entera de Noemí, del pueblo de Israel y muchos años después, del mundo entero. Esta esperanza está disponible para ti y para mí.

Con tierno amor,

Jeanette Pérez



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